No existen dudas sobre los beneficios de la música. Nos ayuda a expresarnos y a canalizar emociones desde edades tempranas. Pero sus efectos van más allá. Son varios los estudios que han demostrado que el aprendizaje musical ayuda al desarrollo del cerebro desde los primeros años, aportando consecuencias positivas en áreas como el lenguaje, las matemáticas o el procesamiento espacial.

 

El primer estudio que reveló estas conclusiones lo realizó el Instituto Mc Master para la Música y la Mente, de Canadá. En él participaron niños de entre 4 y 6 años a los que los investigadores observaron durante un año. La mitad de ellos tomaron lecciones de música y la otra no, siendo los primeros los que obtuvieron mejores resultados en las pruebas de memoria.  

Aprendizaje musical en la primera infancia

Hasta ese momento, las investigaciones que se habían realizado para analizar la relación existente entre la música y el desarrollo de habilidades contemplaban a niños más mayores

Con el mencionado estudio, quedaba demostrado que el entrenamiento musical tiene efectos positivos desde muy pequeños, incluso desde el momento en el que se desarrolla el oído del bebé, algo que ocurre a partir de la semana 20 dentro del vientre materno.

“A partir de ese momento, van acostumbrándose a los sonidos que escuchan: desde el corazón de la madre, su voz, los fluidos corporales y, por supuesto, los sonidos del exterior, como la voz del padre o cualquier sonido acústico que pueda traspasar la membrana y llegar a su oído”, describe Silvia León, percusionista y pedagoga musical de la primera infancia, y colaboradora de la Orquesta Sinfónica de Madrid.

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Esto explica que los bebés desde pequeños son capaces de reconocer la voz de sus padres, de algún hermano, y que se calmen con ayuda del canto “porque ya se les han cantado antes de nacer”, asegura León. Por eso desde desde el nacimiento  ya se puede empezar a trabajar con ellos y motivarles hacia fuentes sonoras utilizando instrumentos suaves, como un cascabel o una sonaja, y comprobar simplemente cómo fijan su atención.

“Hasta los tres meses no tienen plenamente desarrollado el sistema visual, así que no pueden seguir objetos, pero sí el sonido, o bien girando la cabeza o quedándose muy quietos. Esto es señal de que están haciendo sus primeras audiciones y escuchas atentas. Es a los seis meses, y unido a la psicomotricidad motora, cuando ya se pueden empezar a trabajar los ritmos lentos, rápidos, en el balanceo y las dinámicas fuertes y suaves. Aunque no caminen, se hace a través de los padres”, añade la pedagoga

La música como asignatura integral

Empezar a edades tan tempranas no garantiza que los niños deseen aprender a tocar un instrumento o un lenguaje musical, pero sí es importante motivarles y familiarizarles con la música entre los 0 y los 3 años. “Es el momento en el que se produce el mayor crecimiento neuronal, en el que más se evoluciona, y cuando todo se queda grabado”, apunta Silvia León,por lo que aunque sus efectos no se vean de manera inmediata, sí pueden aflorar más adelante.

“En una sesión de música se trabaja la pulsación interna, la escucha atenta, la discriminación auditiva, la voz como un instrumento propio del cuerpo y la emoción. Pero no solo está el hecho de tocar, también se aprende a tolerar la frustración, a esperar el turno o a realizar actividades conjuntas”, añade.

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Sus efectos sobre el cerebro y las conexiones neuronales ya se comprobaron hace tres años en un estudio realizado por la doctora Pilar Dies Suarez, del Hospital Infantil Federico Gómez, en Ciudad de México. «Cuando un niño recibe instrucción musical, su cerebro completa ciertas tareas que incluyen habilidades auditivas, motoras, cognitivas, emocionales y sociales, que parecen activar estas áreas debido a la necesidad de crear más conexiones entre los dos hemisferios del cerebro».

Algo que corroboran desde la Universidad de Florida, desde donde afirman que la música afecta a más partes de la mente que ningún otro estímulo a través de la tonalidad, el ritmo y las letras de las canciones. En este informe comprobaron que los estudiantes que habían recibido clases de música consiguieron mejores puntuaciones en las materias relacionadas con la expresión lingüística y las matemáticas.

“Desde pequeños, los niños aprenden a palabrear, a silabear y aumentan su vocabulario con las canciones”, explica Silvia León, quien también apunta que la música es matemática pura: “Reúne aspectos métricos, rítmicos… de los que los niños no se dan cuenta, pero que guardan una relación directa con este área”. Sobre el tipo de música más adecuada, la pedagoga recomienda cualquier estilo y escuchar música de la mayor variedad posible. “Es igual que dar a probar diferentes frutas: igual que le abrimos el paladar al niño, también podemos educar su oído musical ofreciéndole variedad y que sea él mismo quien elija”, concluye.

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